
Medidas de un cabecero tapizado: ancho, altura y grosor
Artículo del 14 de junio de 2026
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De todo lo que se puede cambiar en un dormitorio, el cabecero es lo que más se nota y lo que peor se calcula a ojo. La gente nos llama con el color claro, con la idea de si lo quiere liso o con botones, y casi nunca con las medidas pensadas. Y resulta que las proporciones pesan más que la tela: un cabecero con el ancho o la altura mal elegidos se ve desajustado aunque el tejido sea magnífico, mientras que uno bien medido encaja en la habitación incluso siendo sencillo. Estas son las medidas con las que trabajamos y de dónde sale cada una.
El ancho se toma de la cama, no del colchón
La referencia buena es el ancho del somier o del canapé, porque el colchón suele quedar algo metido y la estructura es la que marca la línea del conjunto. Con ese dato en la mano hay dos caminos, y los dos son correctos según la habitación.
El cabecero ajustado mide lo mismo que la cama o un par de centímetros más por cada lado. Es la opción que menos protagonismo tiene, la que conviene cuando el dormitorio es justo de espacio o cuando las mesillas van pegadas a la cama y no queda pared libre a los lados.
El cabecero volado se pasa de la cama por los dos costados, normalmente entre diez y veinte centímetros por lado. Hace que la cama parezca más ancha, la centra en la pared y tapa la franja que queda justo detrás de las mesillas, que es donde acaban apoyadas las almohadas cuando alguien se recuesta de lado. Para una cama de 150 centímetros, un volado se queda en torno a los 170 o 180. En una habitación con sitio suele ser el que mejor resultado da.
Lo que no aconsejamos es un ancho intermedio raro, cinco o seis centímetros más que la cama por cada lado, porque a esa distancia no se lee ni como ajustado ni como volado y parece un error de medida. O justo, o claramente volado.

La altura depende de si te sientas a leer
Aquí está la decisión que más gente se salta y la que más cambia el resultado. Un cabecero puede ser solo un remate visual por encima del colchón o puede ser un respaldo de verdad, y no se miden igual.
Si en esa cama se duerme y poco más, basta con que asome unos cincuenta o sesenta centímetros por encima del colchón. Queda limpio, no come pared y deja a la vista la moldura o el cuadro que haya arriba.
Si alguien lee, ve la tele o desayuna en la cama, el cálculo cambia: el cabecero tiene que llegar por encima de los hombros con las almohadas ya puestas, y eso se va a setenta u ochenta centímetros por encima del colchón, que en total, contando desde el suelo, suele quedar entre 110 y 140 según lo alto que sea el canapé. Los canapés de hoy levantan bastante y ese detalle descoloca muchos cálculos hechos sobre el papel.
Hay una prueba casera que funciona muy bien: siéntate en la cama como te sientas a leer, con las almohadas colocadas, y que alguien marque en la pared con cinta de carrocero la altura de tu nuca. Esa marca es la altura mínima. Luego se comprueba que no choque con un interruptor, con un enchufe, con el alféizar de la ventana o con una moldura, porque de esos detalles depende que el remate se vea recto.
El cabecero de pared completa
Cada vez lo piden más: en vez de una pieza del tamaño de la cama, un paño tapizado que cruza la pared de lado a lado, a veces hasta el techo y a veces cortado a una altura fija. Visualmente es lo que más cambia una habitación, y tiene dos ventajas prácticas. Una, que disimula una pared irregular, con gotelé, con una rozadura mal tapada o con un desconchón de yeso antiguo. Otra, que amortigua el ruido del tabique, que en pisos sin aislar se nota.
No se hace de una pieza. Se reparte en paneles, primero porque una plancha de más de dos metros no pasa por el portal ni gira en una escalera de tramo corto, que es la escalera de media casa de los cascos antiguos de por aquí, y segundo porque así se puede desmontar si un día hay que pintar o llegar a una instalación. Las juntas verticales se reparten a propósito, simétricas respecto a la cama, para que se lean como un diseño y no como una chapuza. Y antes de cerrar nada hay que decidir qué pasa con los enchufes y con los interruptores que quedan detrás: se dejan huecos, se recolocan los paneles o se prescinde de ellos, pero se habla antes, no después.
Grosor y relleno, que es donde está el tacto
Debajo de la tela hay un tablero, normalmente contrachapado o tablero de fibras de un centímetro y algo, y encima el relleno. El grosor total de un cabecero de casa suele moverse entre seis y doce centímetros, y esa horquilla no es capricho.
Un cabecero fino, de cuatro o cinco centímetros, da una silueta plana y muy recta, va bien en dormitorios de línea sobria y apenas roba fondo a la habitación. Un cabecero de ocho centímetros o más se siente como un respaldo blando, y es lo que pedimos cuando el cliente nos ha dicho que lee en la cama. El capitoné con botones también necesita espesor: si el relleno es escaso, el botón no tiene de dónde tirar y el rombo queda deslucido.
La espuma de un cabecero no tiene que ser tan firme como la de un asiento, porque nadie se sienta encima, pero tampoco puede ser una espuma blanda de embalaje, que se aplasta en la zona de la nuca y deja una calva. Encima va una capa de guata, que redondea el canto del tablero y evita que la tela marque la arista. Y hay un centímetro que conviene contar de antemano: lo que ocupa el cabecero se lo quitas al fondo del dormitorio, así que si el paso a los pies de la cama va apurado, mejor saberlo antes de decidir el grosor.
Colgado a la pared o atornillado al canapé
Son los dos sistemas, y la elección depende más de la pared y de la casa que del gusto.
Colgado a la pared. Se fija un listón o un par de herrajes y el cabecero se cuelga encima, con la cama independiente. Se puede separar la cama para limpiar, el cabecero queda a la altura exacta que hemos decidido y no hay patas por medio. Pide saber qué tiene la pared detrás: en un tabique de placa de yeso hay que buscar los montantes o usar anclaje específico, y en una casa vieja de ladrillo macizo o de piedra el taco agarra bien, pero el yeso de encima se desconcha con facilidad si se taladra a lo bruto.
Atornillado al canapé o al somier. Se sujeta a los herrajes laterales de la cama y no se toca la pared, que es la salida obvia en un piso de alquiler o cuando no queremos agujerear un revestimiento. El inconveniente es que el cabecero viaja con la cama: si la separas un poco para hacerla, se separa también y aparece una franja de pared entre ambos. Además, la altura ya no la eliges libremente, la manda el punto donde están los herrajes.
En cabeceros muy anchos o de pared completa, colgar es casi siempre la única opción sensata, porque el peso no lo puede sostener la estructura de la cama.
Qué miramos cuando pasamos a verlo
Cuando vamos a una casa por un cabecero tomamos el ancho de la cama, la altura del colchón terminado desde el suelo, el paño de pared disponible, dónde caen los enchufes y los interruptores, y si hay rodapié, moldura o ventana que condicionen el remate. Y preguntamos lo de siempre, que es lo que de verdad decide la altura: quién usa esa cama y si lee ahí. Llevamos el muestrario de telas en la misma visita, así que la medida y el tejido se deciden a la vez, viendo la luz que entra en la habitación. Lo montamos en el taller y te lo llevamos colocado y sujeto. Si prefieres una primera idea antes de que pasemos, mándanos por WhatsApp una foto de la pared con la cama puesta y las medidas del somier apuntadas, y te decimos qué proporción encajaría.
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